El chamullo barato de vivir mejor y con más derechos

El Disenso

La idea de un progreso indefinido, motor imperecedero del liberalismo, digita nuestra vida cotidiana a través de formas simbólicas simples, como la promesa eterna de “vivir mejor” o la de conquistar “nuevos derechos”, usadas desde el andamiaje para privarnos de una vida digna y del ejercicio de nuestros derechos viejos. Bajo esas promesas la sociedad se mantiene ocupada, como niños en un calesita intentando atrapar la sortija para ganar un viaje que ya pagaron. En este artículo, te explicamos por qué el burro nunca atrapará su zanahoria.

Muchas veces escuchamos a Macri decir como un mantra “Merecemos vivir mejor“, para luego imponernos una carga de sacrificios que serían indispensables para esas condiciones de “mejor vivir“.
La cuestión es que el liberalismo aspira a que siempre pidamos más, y que la aspiración a “vivir mejor” constituya un dispositivo ideológico, ya que no importa como vivamos, siempre se puede vivir mejor, y esa forma de pensar genera insatisfacción sobre el orden social y un anclaje subjetivo para que los ciudadanos consientan una reforma económica que allane la posibilidad de que alguno tenga la posibilidad de vivir mejor, aún a costa de que el conjunto de la sociedad viva peor.

Como contrapartida, la idea anti liberal sería “tenemos derecho a vivir con dignidad, nos corresponde vivir bien“. Solo si ese concepto se arraiga el estado redistributivo puede tener éxito.
Dirá cualquier liberal que una economía montada sobre semejantes cimientos entorpece la acumulación, la inversión y el “progreso indefinido”. Y sin duda tendrá razón en cada punto, pero una razón de perogrullo, vacía de sentido para un pueblo que no aspira a perseguir para siempre la quimera del “merecer vivir mejor“, sino a vivir simplemente bien, con dignidad.

Esta cuestión no es tan sencilla para un pueblo que vive inmerso en profundas contradicciones, con una clase media que llora el dolar alto, y apenas lo ve bajo aprovecha para vacacionar en el exterior. No es tan simple cuando está lleno de militantes que quieren que el estado les de trabajo con los impuestos que les cobra a los ricos, pero se hacen traer el iPhone del otro lado de la frontera, porque es más barato. Sería más simple si tuviéramos al Pepe Mujica, explicando que tener poco no es ser pobre, y que lo importante es que el laburante tenga una motito. En cambio, se ponía difícil con Cristina, explicando su deseo de que el que tiene un auto lo cambie por uno más moderno, y el que tiene una casita se pueda construir una más grande, sin detenerse a pensar si ese crecimiento patrimonial responde a una necesidad objetiva o a un capricho de status.

Esta cuestión es compleja, si no sabemos distinguir entre el derecho inalienable a la dignidad, y el derecho liberal a poder vivir siempre mejor, vamos por mal camino.
Inmersos en esas contradicciones, los argentinos le pedimos a nuestros oliGarcas que paguen, no ya el acceso a una vida digna, sino las vacaciones en el exterior, el iPhone, el cambio de auto y la casa más grande para todos los burócratas enquistados en el estado.

 

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Y aún así el sistema fracasó porque los beneficiados de la distribución, jubilados, trabajadores, burócratas, no se sintieron satisfechos, y empezaron a reclamar nuevos y mejores derechos (que compraron en la tapa del diario, como la eliminación de ganancias) llevando al estado distributivo a una situación de déficit y sobre emisión que terminó en un colapso electoral, y luego en el colapso económico que hoy vemos. Como corolario de la historia, los salarios están más abajo que en 2015, e inmersos en una tendencia de franca degradación.

De forma análoga al “merecemos vivir mejor” funciona el dispositivo ideológico que nos lleva a luchar cada tres meses por “nuevos derechos“. Porque vos sabes, siempre podés tener más derechos. Cualquier cosa que se te ocurra puede ser un derecho nuevo, es como el iPhone, viste, ¿Para qué querés el 6 si ya está saliendo el X?

Se trata siempre de derechos decorativos, como una gran reparación histórica sin precedentes para los jubilados, que a meses de su promulgación queda neutralizada por una reforma previsional completamente regresiva merced a la cual los jubilados solo tendrán 101 pesos de aumento este trimestre.

Derechos decorativos como la legalización del uso medicinal de marihuana, a pesar de la cual se multiplicaron los cultivadores presos.
Derechos decorativos como el IVE, una enorme maniobra de distracción política, porque la interrupción del embarazo en caso de violación ya era un derecho, y porque los tratamientos con Misoprostol durante las primeras etapas ya se practicaban. Entonces vale preguntarse si estamos frente a un auténtica conquista de un nuevo derecho, o simplemente será la despenalización de una conducta que jamás se persiguió con celo. En definitiva, el punto crucial para distinguir si el IVE es una conquista de derechos o una mera despenalización, será el alcance de su cobertura gratuita, sobre la cual no hay nada dicho.

Mientras tanto, y a pesar de los derechos decorativos, la salud pública se desarma, cierran las maternidades, recortan las AUH, suspenden tratamientos para enfermedades crónicas, le retiran los remedios a los ancianos, y le bicicletean subsidios a los electrodependientes. Otros derechos, como la educación, sufren vulneraciones sin precedentes, que comienzan con los problemas de inscripción y terminan con los recortes salariales, atravesados de punta a punta por las precarias situaciones económicas que padecen la mayoría de las familias.

Derechos decorativos como la Ley Justina, una ley vieja con un párrafo cambiado para generar un mayor flujo de órganos, aún a costa de perjudicar a los parientes del donante, se consagran como grandes éxitos. Mientras tanto la salud pública cae en una profunda decadencia, por falta de personal los donantes mueren sin que el Incucai se entere, y el presupuesto para realizar cirugías se cae a pedazos, como pasa con el hospital de El Cruce, que luego de 300 trasplantes cerró su quirófano, o como el IOMA, que se quedó sin anestesistas porque Vidal dejó de pagarles. En ese contexto la nueva ley solo ampliará el acceso a trasplantes en la medida en que la abundancia de órganos seduzca a más instituciones privadas a incursionar en el negocio de hacer trasplantes para sus clientes.

Pero no importa, porque esos eran derechos viejos, y lo importante no es hacerlos cumplir, sino conquistar derechos nuevos. De eso se trata este dispositivo ideológico.

Y la Ley Donal, que ya existía, pero le cambiaron un párrafo a favor de las empresas, aquellas que manejan el Banco de Alimentos y encima le cobran a las ONGs por la comida donada. Y pronto vendrá un debate por la eutanasia, la legalización del autocultivo, y luego se les ocurrirá otro. El sistema siempre tiene un derecho nuevo para venderte.

Hasta la ley Brisa, la más noble de todas, que asigna una jubilación mínima a cada niño cuya vida haya sido destruida porque papá mató a mamá, tiene un incierto dejo de humor negro, porque esta forma de AUH ampliada alcanza a muy pocos niños (apenas 3 mil, una cifra que se mantendría estable) y porque surge en el mismo momento en que se remata el ANSES, con las jubilaciones rozando los 250 dólares y cayendo, mientras se agravan los requisitos para que millones de niños reciban sus AUH, cada día más flacas.

Es que así funciona el estado liberal, prometiéndote “vivir mejor” y tener “más derechos”, mientras te impide vivir dignamente y ejercer aquellos vetustos derechos conquistados en el pasado.

 

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